sábado, 16 de diciembre de 2017

Los miedos del Eunuco, El corajudo, InfraRetrato, Coatlicue

Coatlicue del Museo Nacional de Antropología
 y fondo del Zócalo de la Ciudad de Méxic.
Fotocomposición de Arcano Radio.

En esta edición de Los Equidistantes:

* Los miedos del Eunuco
Por Mario Luis ALTUZAR SÚAREZ

* El corajudo
Por Raúl VERA SÁNCHEZ

* InfraRetrato
Por Román LOGLEZ

* COATLICUE
Por Roberto LÓPEZ MORENO


Los miedos del Eunuco
Por Mario Luis ALTUZAR SÚAREZ

El corajudo
Por Raúl VERA SÁNCHEZ

Desde la profundidad de sus miedos, el Eunuco convoca a sus socios. ¿Cómo proteger el producto del saqueo nacional? La respuesta es sencilla: Legalizarse la victimización de los criminales y criminalizar a las víctimas. ¡Juego de palabras! Dice irritado. ¡Para nada!, le dice un asociado con gran expediente en la DEA en funciones de Gran Senecto. Explica que un trabalenguas convertido en Ley perseguirá a los que intenten cuestionar el origen de su riqueza… bueno, la de todo el equipazo. ¡Y lo mejor! Será un dulcecito para los morenos de verde encascados. La lógica reflexión: Si fueron cómplices, que asuman su responsabilidad. Un proceso que se agiliza. Y el Eunuco se siente con ínfulas de Estadista. ¡Se robó a un país con sus millones de habitantes! En una prestidigitación maestra al haber sometido la democracia a las urnas sin capacidad de ser respetado el resultado por los miserables acosados por la persecución carcelaria o de la anónima desaparición. ¡Qué habilidad política! Y todo ante los incrédulos ojos de la indignación mundial y nacional. ¿Qué importa? Es cuestión de seguridad nacional… calmar esos miedos en la profundidad del Eunuco y asociados que se protegen en una dictadura. Una ingeniería tan similar a la del crimen organizado… ¡ni más ni menos que la de ellos!
Diciembre 15 de 2017

Yo fui un hombre muy bravo reflexiona –hoy en un asilo- el viejo Nicolás, desde chamaco fui así, recuerdo que cuando tenía siete años mi Mamá me dio unos cuartazos porque hice mal un mandado y todo ese día no le comí nada de lo que me ofreció; al contrario le vele el sueño y en la oscuridad de la noche me salí de la casa para nunca más volver, estuve caminando sin ver hasta que amaneció pero ya para esa hora estaba cuando menos a quince leguas de mi casa, cuando me encontraron unos arrieros y con ellos me pegue de ayudante de lo que podía, únicamente por la comida durante casi tres años.
En un viaje a San Juan Bautista, me les pelé y me quedé en la ciudad trabajando de lo que pude, hasta que una vez a fuera de una cantina vi a dos hombres que se peleaban y a uno de ellos se le cayó un reloj y estuve dos días afuera de la cárcel esperando hasta que lo soltaron y le entregue su reloj y él en recompensa me llevo a su finca y medio un trabajo que me duro media vida;  recuerdo que cuando ya tenía yo como veinte años me llego buscando mi hermano mayor para que fuera yo a ver a mi Mamá, pero yo únicamente le di dos pesos plata para que se los llevara y le pedí que nunca más volviera a buscarme.
Como al año de eso un hombre de Guatemala me arrebato un azadón con el que estaba yo trabajando y ahí mismo lo maté; y tuve que huirme dejando todo en la finca,  por eso creo que mi familia han sido mi sal.  Con las mujeres tampoco he tenido suerte, porque son seres que nomás no entienden, tu les ordenas una cosa y de inmediato buscan la manera de contrariarte.  Recuerdo que a mi primer mujer la deje a los ocho días de juntados,  nomás porque tenía la maña de hablarme cuando estaba yo cagando; ya se lo había advertido y ese día cuando iba a tomar mi café me vinieron las ganas y salí al patio; estaba yo sentándome cuando empezó a gritarme por mi nombre para decirme que ya estaba el café; ahí se lo deje servido, salí del inodoro y nunca más me volvió a verme.
Junio 29 de 2017.
InfraRetrato
Por Román LOGLEZ

Coatlicue
Por Roberto LÓPEZ MORENO

Recuerdo al abuelo Lorenzo González; cerca de pita y ciruelas; casa amplia de guano y madera. La iglesia del pueblo, al frente; adornado su atrio con papel picado. La algarabía de los chicos corriendo por el  extenso jardín, sobre pasto de estrella. La tenta, el burrito, el toca toca, las canicas y las puyas, no faltaban en ese mundo infantil, bajo la mirada de jóvenes y grandes. El cielo azul adornados de formas y colores saturados de mariposas, estrellas, soles, cometas y águilas inertes.  Unos, con colas gigantes armados hasta los dientes  asesinando a los pequeños que, desarticulados viajan a la deriva para fenecer en el vacío y en las vorágines del día. Todo, todo era alegría. Nadie faltaba de la aldea, por la tarde, reunirse con fines recreativos distintos; mientras, el abuelo prepara su discurso narrativo a los chicos, con fantasías y realidades, que hacen mellas a las mentes infantiles, viajando por el mundo, el universo, la historia, de héroes y bandidos, de personajes buenos y malignos, cada uno construía su mundo salido de la voz cálida y sonriente del viejo, sabio en el manejo de la narrativa. Después de un gran lapso de tiempo, cuando el manto cuervo cubre el día, el abuelo Lencho, deja los cuentos  de fantasma y aparecidos y los oyentes difíciles irse solos. Algunos se persignaban y otros  rezando, pegaban el tropel por todas las veredas de calles inluz; acompañados solos de los cucayos que fluían como sombras fumando en la oscuridad, hasta llegar, a sus aposentos; con la promesa de no repetir llegar indes-hora sin orden de mamá y papá. En  una tarde muy hermosa  los niños salimos corriendo espantados, pues unos demonios perseguían  a la gente y agarraban a los más pequeños; portaban látigos, agua, huevos con harina y las lanzaban por doquier o directo hacer contacto con  algunos de los presentes a quien por mala fortuna le tocaba ser mojado o con el rostro totalmente blanco. Todo una gran bulla, los demonios tocaban tambor y pito y la danza no faltaba. De pronto gritos desgarradores de mujeres y voces altas de hombres: !!Se muere el abuelo, se muere el abuelo!! Shipo y Leonardo, trataban de reanimarlo, con masaje en el pecho y respiración de boca a boca y el mundo se paralizo, ya no sonaron los pitos y los tambores alegres, ahora se dejaba escuchar solo la marcha y redoble  fúnebre, acompañando al viejo a tomar su canoa por las corrientes cristalinas de las venas del universo hacia el inframundo y, se  acabaron los cuentos las y leyendas. Se acabaron las anécdotas y las historias, de aquel hombre bonachón, grande y moreno. Se fue el abuelo Lorenzo y con él, el libro mágico que transportaban a los niños, jóvenes y grandes,  al mundo maravilloso de la imaginación.!!
Dios te salve Coatlicue, llena eres de gracia y de desgracia, parida de la sombra. Luz tremenda, devoradora que repartes las mazorcas de tus manos, de tu collar de corazones, del cráneo con que ciñes tu cintura. Madre tierra de donde parte y a donde llega todo, amargo y dulce nuestro, terriblemente tierna, tiernamente terrible, míranos crecer, multiplicarnos, pegados a tu difícil carne litográfica, en tu tatuaje de estrellas en donde hace sus cónclaves el cosmos. Tú, la sabia, la que elevas las serpientes de la tierra hasta las sienes, hasta la altura de los pensamientos; tú, la docta, eje de roca, binomio que fusiona tierra y cielo; tú, la culta, eleva nuestro barro hasta tu altura, enciéndenos, con esa incandescencia de la entraña de la que proceden tu belleza de espanto, tu ríspida ternura, los dos ofidios en los que se besan, arriba, las sangres de la vida y de la muerte. Madre: cuando juntaste el cielo con la tierra para crear la chispa del milagro, una palabra, un acto, un testamento, se hicieron a sentar su sitio en el espacio. Así naciste el tiempo, en el interior de esta la nuestra casa, un manojo de células apenas para medir el río de la sangre, para medir el miedo y la alegría, el dolor, los dolores: el del hueso y el del pensamiento; para medir la dicha y el placer, el odio y el terror, y las canciones. Total, todo entraba dentro del ámbito de aquel milagro. Y hubo más: la arteria plural creció sus redes en la penumbra del rectángulo, se amplió hacia los destinos de la carne; hubo un vientre que se vistió con el dolor de las prisiones, que se nutrió con el alcohol homicida de la mitad de la calle, con el ansia del mercader, con el desencanto del baldado; hubo un vientre que mordió el amargo por los desheredados, por los desposeídos, por los que llevan la vida como un puñal clavado entre los días, por el cuchillo que empuñó el suicida. Pero también tocó la luz, la hizo, y ahí; en el centro de la luz y de la sombra, creció la eternidad del sumo verbo. Madre: cuando juntaste el cielo con la tierra estallaste la chispa del milagro. Diosa te salve, Coatlicue, padre nuestro que estás en el universo, zumo de tu principio dual. La enorme culebra de tu centro aparece debajo de tu falda para lancear las humedades de la primavera, para hacer girar los astros sobre el brioso eje de tu punzada exacta. Diosa te salve, Coatlicue, padre nuestro, trinitaria estructura en ascenso de sus trece cielos, garras de águila. Madre nuestra: levántanos, agítanos; míranos ciegos, postrados, inmóviles, con el aliento vencido ante el pavor por la misteriosa simetría. Hijos de tu vientre telúrico, frutos de tu útero de lava, niños somos del terror con el que la tierra alcanza su alegría. Míranos, madre, míranos ciegos. Indefensos ante el terremoto, entre los dientes bestiales de la tormenta, reos del miedo, y del valor del necio, bajo el fogonazo del relámpago. Cúbrenos, madre, bajo tu falda de serpientes, en medio de tu sínodo de estrellas, en la adolorida cruz de tu cuerpo de piedra. Nosotros, los planetas de tu entraña te ofrendamos la evanescente algarabía de los cascabeles con los que nos dotaste para el canto.

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